A las seis de la tarde del día 16 de agosto la organización
de la etapa “Mil y una millas Italia” prepara “la fiesta de la pasta”, es
decir, una cena basada única y exclusivamente en pasta. Por suerte, estamos en
el país de la pasta y esta es de buena calidad. En esta primera cena, nos vamos
familiarizando con esta masa hecha prácticamente de harina que, prevemos nos va
a acompañar durante toda esta dura prueba. Día y noche.

Cuando estamos colocados en la parrilla de salida, la
emoción se apodera de nosotros. Esperamos con ansia que llegue nuestra hora de
partir, matando el tiempo haciendo fotos. En ese momento, Paski se da cuenta de
que no tiene batería en la cámara y de que no ha traído el cargador. Primer
incidente.
Por fin llega la hora y salimos a las nueve de la tarde en
el segundo grupo. La velocidad de la marcha es sorprendente. No da la impresión
de que vayamos a hacer la randoneer
más larga de Europa.
El primer control nos espera a 102 kilómetros. Nos quedan
tres horas hasta llegar. Yo estoy preocupado por el fuerte ritmo pero Paski me
bocea seguro de sí mismo, “Hay que aprovechar el llano y los grupos”. Le hago
caso.
En la salida del primer control tiene lugar la segunda
incidencia. Los cuatro ciclistas del País Vasco vamos juntos entra la multitud
del grupo cuando, al llegar a una rotonda, el G.P.S. nos advierte de que nos
hemos desviado de la ruta marcada. Nosotros y otros tres ciclistas más
decidimos dar la vuelta y seguir el recorrido que marca el navegador.

Las carreteras están mal asfaltadas y los baches inundan su
superficie. En uno de esos boquetes, mi rueda se clava, la suspensión falla y
el impacto hace que mi foco se suelte y caiga a una acequia. Son las dos de la
madrugada. Mi única iluminación es un pequeño foco de reserva. Decido buscar el
foco perdido. Pero mi supervivencia me hace pensar; no tengo G.P.S. y es posible que no encuentre el foco, es
decir, que me quede más perdido y solo que Robinson Crusoe. Mi supervivencia
actúa por mí, “Que le den al foco”. Me subo a la bici y salgo a toda pastilla a
por el grupo. Llego a un cruce, ¡vaya dilema!. Decido probar suerte y tiro por uno de los lados por el que al final
se ve una luz. La luz procede de una vaquería. Decido pedir auxilio; cojo el
teléfono y marco el numero de Paski, antes de oir el primer tono, los nervios
me empiezan a ganar la partida. De repente, veo una luz que se aproxima. Me
froto los ojos. La luz se acerca cada vez más. ¡Mi salvación!, es Paski con su
G.P.S. Cuando se dio cuenta de mi ausencia, volvió a mi rescate. Creo que nunca
me he alegrado tanto de verle.

Llegamos al segundo control. Allí la organización “hace
alarde de su generosidad”; una botella de agua caliente y un bollo más seco que
la mojama. Además, nos indican que la
fontana
más cercana está a unos 200 metros. Decidimos ir a beber y llenar los
bidones.
Aquí estamos, el Paski, yo y un polaco que se ha unido a
nosotros para compartir un tramo de esta aventura. El tipo resulta peculiar: no
usa calas y tiene una barriga cervecera más propia de un alemán que de un
polaco. Pero ahí estaba él, bueno, ahí y en todas partes porque aparecía en
todos los sitios…
Sellamos el tercer y cuarto control sin incidencias, aunque
yo sigo discrepando con la velocidad: me parece exagerada. Llevamos 400
kilómetros a una media de 29 km/h.
Decidimos llegar hasta el
quinto control: 95 kilómetros en los que hay un puerto. En este, los dos
vitorianos pasamos malos momentos por el calor sofocante y la falta de agua.
Las fuentes en Italia son muy escasas por lo que bebemos de todas las que nos
encontramos. Después de beber de algunas fuentes tengo molestias en el
estomago. Estoy seguro de que es debido a que la mayoría emanan agua no
potable. Y es que los italianos no beben agua del grifo debido a la alta
contaminación de esta. En este país toda el agua que se bebe está embotellada.
Es más, en alguna ocasión que nos hemos parado a pedir agua en alguna casa
particular, nos han dado agua envasada.
Antes de llegar al quinto control, otro bache traicionero se
la juega a Paski; el rebote de la bici hace que el navegador de este pierda la
pantalla. Esto es un problema muy serio pues sin un G.P.S. es imposible
encontrar el camino.
Olvidándonos por unos instantes de ese problema, conseguimos
llegar hasta el quinto control. Aquí, decidimos dormir en el polideportivo, no
sin antes solucionar el problema con el navegador. Tras intentarlo varias
veces, nos damos por vencidos; es imposible arreglarlo. Nuestra única opción es
levantarnos a las dos de la madrugada y esperar que algún ciclista se ofrezca a
acompañarnos.

Salen tres rusos. Les explicamos, “nuestro G.P.S. kaput”, y
les indicamos que nos gustaría ir con ellos. Ellos asienten… aunque no sé si
entienden bien el mensaje porque al primer puerto nos dejan tirados en la mitad.
Se paran, se quitan algo de ropa y se tumban a descansar.
Intentando comprender la situación, vemos aparecer a otro
ciclista. No lo dudamos y vamos a por él. Y así hasta coronar el puerto donde
paramos para ponernos ropa (al bajar la temperatura desciende
considerablemente) y hablar un poco con el ciclista al que acabábamos de
invadir. El tipo, que se presenta como Bernal con acento francés, nos invita a
seguir la ruta con él después de explicarle nuestra situación.
Comenzamos el descenso del puerto. Bernal, en cabeza, abre
paso, le sigo yo y Paski cierra la cola. Son cerca de las cuatro de la
madrugada y la oscuridad inundaba todo (motivo por el cual yo, que iba sin luz,
iba en medio). De pronto, noto que la bici del gabacho empieza a balancearse de
forma extraña. Asustado, intento alertar a Paski. Le chillo pero este no
contesta. Soy consciente de la situación… mis dos compañeros se están quedando
dormidos.
Por suerte, todo se queda en una pequeña anécdota y según
llegamos al primer pueblo nos tiramos en un parque a dormir una hora.
Tras subir el segundo puerto, llegamos a un monasterio en
donde está el control. Ahí, sellamos y cenamos como frailes con jamón, chorizo,
queso y agua, vino y café para regar la comida (creo que nunca he estado tan
cerca del cielo).
Al terminal el día, Bernal sigue con nosotros. A pesar de
sus 66 años, tiene un cuerpo espectacular. Además, (todavía no sé cómo)
consiguió arreglarnos el G.P.S. con lo que nos devolvió nuestra independencia.
Esa noche, los tres, decidimos dormir al aire libre y aprovechar la buena
temperatura. Bernal, por su parte, nos advierte de que el reanudará la marcha en
una hora. Nosotros, tomamos un poco más te precaución y dormir cuatro horas,
por lo que nuestro amigo francés retoma su marcha en solitario.
Al día siguiente Paki y yo pedaleamos solos y con ganas.
Gracias a ello, adelantamos a unos cuarenta corredores.
Comparando con esta última, la etapa que comenzaba ahora era
especialmente dura. Nosotros, para colmo, nos confundimos y subimos cuatro
kilómetros con un desnivel bestial. De hecho, el pavimento de cemento, tenía
ranuras horizontales.

Al llegar al control nos encontramos con Bernal. Le
proponemos que nos acompañe, pero el hombre ya está tocado y prefiere ir a su
ritmo.
Llegamos a Siena y para nuestro asombro, cruzamos la ciudad
por todo el centro. Es domingo, doce y media de la noche y no hay apenas gente ni
por la plaza principal ni por el casco antiguo. Cuando salimos de la urbe,
hacemos otros treinta kilómetros hasta que en pleno campo encontramos el sitio
perfecto para descansar cuatro horitas.
Amanece en Italia. Paski y yo recogemos los bártulos y desayunamos.
El control está cerrado pero, afortunadamente, el ticket del desayuno nos sirve
de prueba para certificar que hemos pasado por ahí.
Cuando terminamos la etapa, decidimos dormir durante el
mediodía ya que el calor sofocante, que eleva el mercurio muy por encima de los
cuarenta grados, hace imposible andar en bici. Son las siete de la tarde.
Entramos a un bar y Paski consigue que nos sirvan dos huevos fritos con jamón y
una botella de vino de la cual yo no disfruto mucho pues está a temperatura
ambiente, pero del ambiente del bar, es decir, 30 grados.
Seguimos la etapa con un pequeño grupo de Italianos, entre
los que se encuentra Marco que lleva una silla reclinada (creo que es el único
que participa con este tipo de bicicleta).

Por fin, llegamos a la etapa más fuerte; la de montaña.
Desnivel: 1913 metros. Al comenzar, por un motivo que no llegamos a entender,
el navegador nos manda a Paski, Masrco y servidor, por unas carreteras de
montaña que, debido a los exagerados desniveles, hace al italiano poner el pie
en el suelo más de una vez. Ya en la cima, preguntamos a una señora que se
encontraba por allí. La buena mujer nos advierte de que vamos mal ya que por
donde hemos subido solo pueden subir cabras. En fin. Por lo menos le
desmentimos la teoría a la señora. Vuelta a atrás por el mismo sitio hasta el
punto de partida inicial.

Al llegar al principio de la etapa. Nos encontramos un poco
desorientados. Por suerte, apareció nuestra salvación, ¡el polaco!. Todos le
seguimos.
Poco más tarde, Paski me dice que tiene mucho sueño. Le
comentamos la situación a Marcos para que el siga adelante con otro grupo
mientras nosotros nos paramos a descansar quince minutos. Tras ese pequeño
paréntesis, comenzamos a subir un puerto. Al poco, me doy cuenta de que algo no
va bien. Paski se queda atrás, no sube bien. Paramos en medio del puerto y mi
compañero “tira” de turrón mientras reposa en el suelo. Poco a poco retomamos
la marcha y conseguimos hacer cumbre.
Cuando llegamos a un pueblo decidimos dormir un par de horas
en el banco de la puerta de la iglesia. A ver si Paski se recupera del todo.
La comida y el reposo hacen efecto y al amanecer salimos los dos como un tiro.
Paski jura como un condenado y amenaza con matar al G.P.S. No hay duda: está
totalmente recuperado. Tenemos ganas de acabar la etapa de montaña. Después de
esta, solo quedan dos para llegar a la meta y estas últimas, se supone, son
llanas.
La penúltima es de 55 kilómetros durante los cuales tenemos
la grata compañía de Marcos. Vamos a una media de 30 kilómetros por hora hasta
llegar a la ciudad de Fausto (Coppi).
Por fin, la última etapa. La guinda del pastel. 122
kilómetros llanos que a causa del cansancio acumulado durante toda la travesía
se nos hacen muy duros. Alcanzamos a un grupo de italianos y decidimos parar
con ellos a cenar en un pueblo. Al llegar a la citada villa la gran cantidad de
mosquitos que hostigaban a toda aquel ser viviente del pueblo nos hace a Paski
y a mi cambiar de idea. Seguimos hasta terminar “Las Mil y una Milias”.
Cuando solo nos faltan 30 kilómetros, los caminos de
arrozales y regadíos y la desorientación nos hacen determinar que un sueño
de 15 minutos es necesario para poder terminar vivos esta dura marcha.
Al despertarme, aturdido, vi un brazo que me rodeaba la
cara. Me levanté, alarmado hasta que, crédulo, comprendí que era el mío propio.
Es increíble, pero cerrar los ojos un rato te recupera
sorprendéntemente. Acto seguido, vislumbramos unas marcas en la carretera.
Estas señalan nuestra meta; Nerviano.
Después de 124 horas de viaje, 1650 kilómetros y un total de
73,16 horas pedaleando. Amigos, me enorgullece proclamar que el Sr. Eduardo Pascual
y el Sr. Juan Murillo Caballero han realizado con éxito, la pruebas ciclista
más duras de Europa; Las Mil y una Milias.
Por Juan Murillo